Llegó el final de curso

Con muy poquitas jornadas ya para cerrar este curso escolar, el cansancio acumulado se nos empieza a notar un poco a todos.

Parece que fue ayer cuando volví a incorporarme al aula después de cuatro años imbuida en otros menesteres.

Un retorno difícil, como todos, pero gratificante por recuperar lo maravilloso que es trabajar rodeada de niños y así a los pocos días volvió a mi el placer de esta maravillosa vocación que estos años fuera no me han hecho perder.

El latir del aula solo puedes sentirlo cuando trabajas desde el corazón, es una experiencia única que te anima a entregarte y ofrecer esa pasión que estimula las sonrisas de los niños, su cariño incondicional, que cada día te hace darte cuenta que no te equivocaste cuando hace ya muchos años elegiste esta profesión.

Ha sido fácil, mis alumnos me han facilitado todo, pero tengo que decir que ahora es mejor que antes, porque ahora mi mirada es otra, es más serena, más abierta y receptiva, más experimental para saber aprender también de ellos y ver a través de sus ojos.

No hay prisa , no hay que demostrar nada, solo tengo que estar a su lado, a su altura, ser su guía, pero sobre todo aparecer cuando me necesitan.

Confianza, cariño, libertad, principales cimientos para el aprendizaje.

¿Por qué tanta preocupación en ocasiones por buscar una innovación forzada? Cuando no hay mejores innovadores que nuestros alumnos, con su creatividad son capaces de cambiar las cosas, solo tenemos que ofrecerles el espacio adecuado, escucharles y ayudarles proporcionándoles las herramientas que necesitan en cada momento.

Innovar “per se” no es sinónimo de progreso de mejora, no tendrá ningún valor esa acción si no cambiamos realmente la mirada hacia nuestros alumnos, si no dejamos que ellos también nos guíen. El cambio por el cambio no sirve. No busquemos un cambio, busquemos una transformación y preocupémonos más de ellos y no tanto de dar “imagen de”.

En ellos está el verdadero cambio, y si, nosotros tenemos responsabilidad , no podemos hacerles creer en un mundo ideal, en el que ni siquiera nosotros creemos, no podemos pedirles que sean buenas personas cuando nosotros no lo somos y olvidamos los valores y principios que deben ser la base de nuestras acciones. La mejor educación siempre estuvo basada en el ejemplo y eso no ha cambiado por más que algunos lo olviden.

Mirémonos primero a nosotros mismos para después poder mirar como lo hacen ellos, nuestros alumnos.

Es el momento de distinguir conceptos, no es lo mismo querer que amar, no es lo mismo educar que enseñar, no es lo mismo respetar que tolerar. Por eso a pocos días del final de curso, llega el momento de auto evaluarnos, de ser críticos con nosotros mismos y con lo que hemos dejado pendiente pero sobre todo, de todo lo que te queda por hacer.

Mi felicitación para todos los docentes que durante este curso han trabajado desde el corazón.

Feliz final de curso!!

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